De todas aquellas personas que han tenido algo que ver en la vida, profesional y personal, del hombre que completó, en diecinueve días y estilo libre, la escalada en roca más difícil de todos los tiempos: Un muro de 900 metros, prácticamente vertical, que se levanta en El Capitán (Yosemite) a la que todos llaman Dawn Wall. Documentada jornada a jornada por el New York Times (no se pierdan este reportaje/infografía), esta hazaña fue la guinda a una carrera de ensueño.
Caldwell no solo es un gran escalador. También es un escritor interesante. Por eso este libro largo y denso, las memorias detalladas de su vida, se devora. Aunque lo cierto es que no dejan de suceder cosas alrededor de nuestro hombre, tanto a nivel personal como profesional. Caldwell habla de sus paredes y montañas favoritas, pero también, y con detalle de su familia, de las mujeres de su vida, y por supuesto de los momentos que marcan su carácter a través del tiempo. Por ejemplo, el instante en que mata a un hombre. No les desvelaré la historia, es demasiado alucinante…
“Acababa de matar a un hombre. No a un malvado villano, sino a un hombre no muy distinto a mi. Asustado y joven. Un hombre que probablemente tenía una familia en casa, esperando su regreso. Grité a Dios que me despertara de aquella pesadilla. Era demasiado horrible para ser verdad. Temblaba sin control y me preguntaba si no me estaría volviendo loco”.
Caldwell se desnuda en este libro, mostrando todas sus dudas y miedos. Habla de los problemas de su niñez, marcada por su exigente padre culturista y escalador (“un reflejo de su ego, fanfarronería o necesidad de destacar entre la multitud”), y también de sus problemas para relacionarse con el resto del mundo, su facilidad para entrenar, para concentrarse, para escalar. Cuenta sus primeros éxitos, sus contados fracasos, y por supuesto detalla su relación apasionada con el gran amor de su vida: El Capitán.
“Aquel tiempo fue mi primera vez en El Capitán en que me pareció estar enfrentándome a mis limitaciones físicas. Escalaba solo y sin que nadie me viera, sintiendo que tal vez estaba llevando la escalada libre en big wall al máximo nivel jamás intentado. Combinaba todo lo que había aprendido, y entrenaba mi cuerpo para conseguirlo. Me encantaba vivir en mi pequeño mundo secreto. Mi cuerpo respondía a mis demandas mejor que nunca; hora tras hora y día tras día conseguía sobrepasar mis límites, una y otra vez, solicitando –exigiendo- a mi cuerpo que se contentara con menos sueño, menos comida y menos agua. Cada noche dormía profundamente, tras adormecerme con una sonrisa satisfecha, sorprendido y complacido al ver lo poco, y lo mucho, que mi organismo era capaz de aceptar. Escalaba hasta que se me caían las uñas de los pies y la piel de los dedos se hacía trizas, esforzándome para descifrar las secuencias increíblemente difíciles y progresando un poquito cada día. Llegué a amar el silencio y empecé a aceptar ese ansia de mejorar que era la base de casi todo lo que había logrado en la vida”.
Lean a Caldwell. Ha tenido una vida intensa, ha marcado a toda una generación de montañeros, ha creado un estilo propio… Y lo cuenta de maravilla en un libro que ya es un clásico de la literatura de montaña y aventura.

